
De muchos recursos y ambientes, la película de Mr. Nobody (2009) no hay orden en cuanto a la estructura convencional de la historia se refiera. Lo que no quiere decir que falte coherencia. Da la sensación de leer el final de un libro en el primer capítulo.
Relatos que parecen metidos unos en otros, donde hasta hay campo para la ciencia-ficción en viajes estelares a Marte de caótico final. Las dudas cósmicas de que si la expansión o contracción del universo inciden más que una gota de agua, una hoja seca o el aleteo de las mariposas. Nemo Nobody (Jared Leto) es un bicho raro al saber sus mil un destinos posibles según cada insignificancia que haga. En un futuro transhumanista es una especie de fósil de otras épocas en donde las personas podían morir. El personaje tiene la certeza de saber todos los “y si hubiera” en sus mil y una posibles vidas, lo que parece convertirlo en un ser miserable. Pues no hay mucha satisfacción en viajar en los túneles cuánticos de Donnie Darko para ver que hubiera sido mejor o no.
Por ratos me pareció que trató de abarcar mucho de lo que podía aguantar, por eso quizá Mr. Nobody me dio para divagar de sobra; más allá de lo que pueda medir la nomenclatura de la crítica de cine. En los diversos variados pasados, presentes y futuros de Nemo Nobody este no parece contento con lo que le puede tocar: una vida de clase media con una esposa neurótica. Otra de lujos y abundancia con un matrimonio a conveniencia. Una más contestataria y rebelde propia de un ermitaño urbano que trata de rencontrarse con la persona que lo complementó tiempo atrás. Aún por las diferencias ninguna parece mejor que otra, pues las insignificancias marcan un rumbo inconforme.