11 de agosto de 2011

Un siglo de cantinfleadas







La RAE define cantinflear como “hablar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada” (1).
Se ganó la vida como pudo; boxeador, soldado, torero y cirquero. El humor fue lo suyo y con él se hizo inmortal. Entre los recuerdos más vividos de mi infancia son las noches en las que transmitían todas sus películas en tv abierta. Era alguien muy anterior a mí, pero igual me reía no importa lo que interpretara: limpia botas, extra de cine, profesor, cura, conserje, empleado público, barrendero… pero sobre todo al emblemático peladito de pantalones caídos. Quizá no usaba un elegante bombín como el Charlot de Charles Chaplin, pero ese chonetillo de paja no solo lo hacía ícono. Junto con su inconfundible forma de hablar era algo que le permitía conectar con la gente.
En México hay aire festivo por la celebración del centenario de su legendario actor, al que con David Niven dio una vuelta al mundo en ochenta días. Al norte de la frontera ganó un Globo de Oro y una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, premios pequeños comparados con el aprecio y admiración que toda Latinoamérica siente por él. Desde su muerte en 1993 al presente, su descendencia oportunista busca adueñarse de los derechos de la propiedad intelectual de toda la filmografía del humorista. Cuando Mario Moreno Reyes dejó de hacer películas se puede decir que el cine mexicano fue perdiendo el esplendor que tuvo en otras épocas. Ahora el dial televisivo se satura de telenovelas, refritos y programas faranduleros. Qué suerte que no vivió para ver lo bajo que cae la cultura en su país. De la guerra del narco mejor ni hablar.
Felicidades póstumas a Cantinflas en su centenario de nacimiento.

5 de agosto de 2011

Una generación perdida


"...y estos niños que ustedes desprecian, cuando ellos intentan cambiar su mundo son inmunes a sus palabras. Ellos bien saben lo que les pasa..."
David Bowie
Me encontré The Breakfast Club (1985) de pura casualidad hace unos años, pocas semanas de egresarme del colegio. Donde vivo la antena de TV solía agarrar de forma aleatoria canales de televisión que muchos suelen pagar para ver en cable. Fue el caso de Cinecanal, en la que una mañana soleada y desocupada haciendo zapping me encontré con una película empezada a la que afortunadamente terminé viendo. Fascinado la busqué tiempo después para verla completa, fue un placer saborear desde los títulos a los créditos finales al compás de esa popular canción de Simple Minds, Don´t You Forget About Me: el himno de esta película.
Es una película ochentera a plenitud, como el soundtrack de fondo lo subraya a todo volumen. Pero es tan universal y vigente tanto antes como después. Luego de verla como a la tercera vez me fui divagando en la vida que tuve como colegial, teniendo de todo un poco de varios personajes. La verdad en mis seis años de colegio fui una especie de sonámbulo, adormecido por la doctrina que me dictaban los hombres y mujeres tras el pizarrón. Un zombi también en la posición en la que los colegiales deben encajar arbitrariamente. Los populares, los deportistas, los nerds (o verdes) o los raros. Son burbujas que privan del mundo real, un placebo que nos inyectamos para evitar mirarnos a la cara. Algunos ya caen en la decepción de no ser el centro de atención. Otros no salen de esa matrix hasta el día de la graduación o deserción. El ego cae por los suelos, los falsos amigos se desaparecen y comienza el peregrinaje para hallar a los verdaderos; que suelen ser contados con el dedo de la mano. Comienza la búsqueda en saber quiénes somos de verdad.
La primaria o secundaria adiestran a la persona de temprana edad en la rutina laboral que debe seguir como adulto. Hay sociabilidad, pero no es tan real como parece. Por más trofeos, castigos o cuadros de honor que tengamos; suele pasar que fuera del invernadero llamado escuela/colegio la mala hierba prominente crezca mejor que el resto de la domesticada cosecha transgénica. Conozco a más de un ternero que camina en contravía el cual encuentra su propósito de vida sin matricularse a un exclusivo instituto de enseñanza. Tanto públicos o privados, es un mundo de reglas donde el más tenue signo de anarquía o progresismo debe ser castigado con todo peso por igual, hacia alumnos y profesores.
Un escenario ideal para romper con esa irrealidad es un día de detención, donde cada miembro de las tribus urbanas es obligado a convivir juntos todo un sábado; a la supervisión de un miserable burócrata educativo que no tiene nada más productivo que hacer que velar por el castigo de un atleta (Emilio Estevez), una chica fresita (Molly Ringwald), una rarita (Ally Sheedy), un sarcástico matón (el genial Judd Nelson) o un nerdo (Anthony Michael Hall). Estos al pasar del día no se ven tan diferentes como quiere que el mundo crea que es. Seres aparentemente antagónicos fumando marihuana dentro de una biblioteca y sincerándose unos a otros. Fue lo que más me impactó en la primera vez que la vi.
Hace poco que estuve en un café Internet en un contrato a un mes, custodiando computadoras durante diez horas, seis días a la semana. Ésta fue la primera película que vi en un mes. No hubo elección más acertada para celebrar con un whisky el fin de ese rutinario mes de julio. Que me mantenía tan adormecido, bajándome al mínimo cualquier signo creativo por el sopor de mirar horas y horas una computadora. Ver de nuevo The Breakfast Club fue una sabrosa bocanada de aire. Es una cinta para cualquier generación, que rejuvenece con cada tarde en la que uno va con el puño en alto. Caminando lejos de cualquier presión o estereotipo.
"Estimado Sr. Vernon: Aceptamos que debimos sacrificar nuestro sábado como castigo. Pero es una tontería hacernos escribir acerca de quién creemos que somos. Usted nos ve como quiere vernos en los términos más simples, los estereotipos más convenientes. Lo que descubrimos es que cada uno de nosotros es un cerebro, un atleta, una loca, una princesa y un delincuente. ¿Eso contesta a su pregunta?
Atentamente, el Club de los Cinco (The Breakfast Club)."