20 de junio de 2014

Una mejenga hace verano









"El gol debe ser un pase a la red"
Cesar Luis Menotti, entrenador de fútbol.


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Fotos de Marco Méndez.
Diciembre 2011.
Cancha de Deportes, Liceo de Frailes. 

25 de mayo de 2014

La Fila de Bustamante

Las montañas vistas desde Frailes, 2012 (Foto Marco Méndez)
Desde el distante pueblo de San Francisco de León Cortés son alrededor de dos horas y media caminando entre la montaña y bordeando alguno que otro potrero, contemplando vistas espectaculares El clima estuvo perfecto por lo que no fuimos muy afectados con la humedad. Aún por lo largo de la caminata, ésta no es tan brusca pues las subidas se alternan entre bajadas y senderos más planos. El último tramo antes de llegar a la cima es el más duro por empinado y enlodado del sendero.


Arriba hace bastante frío, aún en días soleados. Por lo espeso de la montaña en su lado oriental no se ve mucho desde ahí. Todo lo contrario es del lado oeste, que es una área muy empinada donde crece monte ralo. Desde ahí se ve hasta el mar en el litoral pacífico. Pero en otra montaña cerca, a treinta minutos de caminada bordeando el precipicio de Los Cuarteles se puede ver gran parte del país. Hasta las montañas y volcanes del Valle Central.
Frailes de Desamparados, 25 de febrero del 2011.

En otra ocasión me referí brevemente sobre ésta montaña. Una cumbre en forma de Volkswagen la cual se le conoce con varios nombres como Caraigres, Dragón, Fila de Bustamante, La Mujer Dormida o Los Cuarteles. Así la llamamos en mi localidad. Tiene aproximadamente 2506 metros de altura sobre el nivel del mar. Está ubicado entre los cantones de Aserrí y Acosta, a la vista y alcance de los distritos rurales de Desamparados al sur del Valle Central. Forma parte de las estribaciones de la Cordillera de Talamanca y tiene una reserva forestal la cual es abierta para caminantes y campistas(1).

Subiendo el cerro bordeando los potreros, 2011. (Foto Jona Calderón) 
Caminar al cerro es mi 2 de agosto de cada año. Un viaje donde se comulga con lo verde durante un fin de semana. Romería ardua que es ajena a necias multitudes, pero cercana a un selecto grupo de familiares y amigos. Para subir a la montaña generalmente se emplean dos rutas. Una es por el lado de La Legua de Aserrí, de largo ascenso y suele ser frecuentada aventureros del Área Metropolitana por su cercanía(2). Otra ruta más al sur es cerca a San Francisco de León Cortés, más corta de trayecto y duración alrededor de dos a tres horas de caminata. Es la ruta que camino desde 2011, año en que subí a la montaña por primera vez.

En esos viajes la época ideal son los meses de época seca que abarcan de diciembre a marzo. El clima es impredecible, pero en esa época son menos probable los aguaceros. Partimos generalmente sábado desde Frailes alrededor del medio día. Tras apurados preparativos colectivos e individuales horas antes en la mañana. Comida, transporte, abrigo, techo, utencilios… Toda la menudencia que será de vital ayuda en la fría cumbre boscosa donde se montará el campamento. La cual debe ser suficientemente ligera para una caminata de dos horas y media sobre un sendero de cómodas planicies con irregulares ascensos y descensos. No hay agua en la cima ni en el trayecto, por lo que se debe cargar al menos tres litros para los dos días. La cámara no puede faltar para quienes somos obsesionados con el paisaje y los recuerdos.

Luego de 45 minutos llegamos a las afueras de San Francisco de León Cortés para doblar en un cruce ascendente. El camino de lastre nos lleva a la entrada del sendero en la montaña. Se descarga el equipaje distribuyéndonos equitativamente las cargas, para incursionar en la primera cuesta del sendero. Es uno de los dos ascensos más duros de la caminata, como si quisiera dar una bienvenida con coscorrón a los montañistas que llegan. No es mucho rato caminando cuesta arriba, pues alternamos un llano para descender nuevamente y repetir el proceso.

El último tramo del sendero a la cima, oculto entre los árboles, 2011. (Foto Oscar Méndez)
Éste sendero de impredecible trayecto se adentra en lo espeso de la montaña y bordea abiertos potreros. Entre los robles y árboles de encino se respira un aire fresco el cual se va helando a medida que se acerca a la cima. En los potreros nos muestra un paisaje de filas montañosas adornadas con bancos de nubes. En mi primer viaje tuvo un clima muy soleado, los cual nos deparó vistas espectaculares mientras subíamos; haciendo un par de descansos de rigor. En las siguientes caminatas el clima fue diferente y nos sumergió en nubes, como los personajes de Stalker (1979) en la película de Andrei Tarkovski. Igual no deja de ser una experiencia surreal dentro de un gran viaje.

Una última parada antes de emprender el ascenso más arduo del sendero. Generalmente un trayecto algo inclinado y lodoso por la constante nubosidad que bordea la cima. La pasé muy mal la primera vez que lo subí. Iba muy desordenado de carga y tenía un pésimo acondicionamiento físico. No fue agradable tener calambres ni quedarse rezagado del grupo. Fue una lección bien aprendida para las siguientes caminatas a la montaña. Desde entonces evito llevar equipaje como vendedor ambulante y llevo la carga en un rústico bulto de yute, manufacturado en La Lucha. Al mismo tiempo que se trata de caminar regularmente para mantener la condición. Aquí sobran los trillos y caminos.

Tras un merecido descanso por la satisfacción de llegar a la cima se emprende la importante labor de levantar el campamento. En cuestión de media hora las tiendas están listas, junto con una carpa con la función de cocina-comedor. A pocos minutos de ahí hay un mirador en donde se contempla el lado oeste del cerro. Muy diferente a la oriental, con poca vegetación y una ladera casi vertical de muchos metros. Una delicia para los escaladores. No he tenido el chance de contemplar desde un atardecer por la nubosidad vespertina, habitual pero no permanente en la montaña. Es pura lotería llegar a la montaña con la cima despejada. En la noche no queda más que calentar los víveres, comer y hablar junto al fuego antes de dormir.

Parte de la vista desde la cara occidental.
Con el clima despejado se puede contemplar el litoral Pacífico, 2014.
 (Foto Marco Méndez)  
Se madruga un poco para contemplar el amanecer, generalmente despejado en la cima del cerro. Una vez desayunados se emprende una caminata a otro mirador el cual está a media hora del campamento por el lado norte. Es un lugar no tan denso de vegetación el cual tiene una vista soberbia de la parte occidental de la montaña y de muchas otras. Es algo ventosa y tiene un bonito claro para acampar, aunque duro para levantar las tiendas. Generalmente el viaje termina ahí, pero caminando otra media hora se llega a un claro empedrado con otra gran vista. Ahí se contemplan tanto el Proyecto Eólico de Los Santos en Casamata del Guarco a otras hélices eólicas ubicadas en San Ana, al oeste del Área Metropolitana. Más cerca se contempla San Ignacio de Acosta y otros distritos aledaños al cantón. Solo una vez he ido ahí.

Un último café antes de preparar el regreso. La carga ya es más liviana pues está en los estómagos o consumida por la fogata. El descenso de la montaña no es tan cansado como subirla, salvo cuando se queda corto de agua. En cuestión de dos horas volvemos al punto de partida. Un año emprendimos otra ruta diferente para regresar, pero casi nos perdemos y duramos casi cinco horas en llegar al punto de encuentro con el transporte en La Legua. A pesar de la ansiedad, queda la experiencia de recorrer lugares a los que difícilmente volvamos a recorrer. Potreros laderosos, cafetales semi abandonados, altos precipicios y distantes comunidades con caminos recién asfaltados. Aún para un país tan pequeño como Costa Rica la geografía es de lo más diversa. 
El otro lado de la montaña visto a treinta minutos del campamento, 2013 (Foto Marco Méndez)