21 de agosto de 2011

Inglaterra, 1983



Agosto del 2011 se ha convertido en un mes caótico dentro de Gran Bretaña. No es para menos que los disturbios que se están dando en las ciudades inglesas, al igual que sus prácticas de represión, parecen salidas de una olla de presión explotadas por los recientes escándalos de corrupción política y periodística. En donde están envueltos tanto el gobierno británico como el poderoso imperio mediático de Rupert Murdoch (del que Matt Groening se inspiró para crear al Sr. Burns).
Trapos sucios de un magnate que ha movido hilos y ha manipulado a su conveniencia la opinión pública, gracias al sensacionalismo pregonado por The Sun y el ahora clausurado News of the World. El Sr. Murdoch ya no es tan intocable como creía y mientras el parlamento británico le ha pedido rendir cuentas, las calles de Londres y otras ciudades importantes son centro de desordenes. Un hooliganismo que suele ser la única válvula de escape para los que nacen sin poder, como canta Charly García cuando demuele hoteles.
Todo esto me hace remontar a una película que busqué hace bastantes meses, la cual me fascinó por el gran collage de imágenes con el que empieza. Tres minutos al compás de un reggue en donde se mezclan a Margareth Tatcher, manifestaciones de protesta con la boda del buen Charlie y la princesita Diana, hasta manifestaciones de los skinheads ingleses sazonadas con imágenes de archivo de la Guerra de las Malvinas. Para los británicos los ochentas fueron una década salvaje, la cual dejó cicatrices y heridas abiertas. Así se ve en This is England (Esto es Inglaterra, 2007), un relato de ese tiempo a los ojos de Shaun (Thomas Turgoose).
Con su madre Shaun recién se cambiaron de ciudad, pero tiene problemas de integración y suele ser objeto de burla en la escuela porque su padre murió en Malvinas (Falklands para los británicos). Tras un mal día Shaun se topa con Woody (Joe Gilgun)y su pandilla de despreocupados skinheads, donde encuentra un lugar y camarería en medio de un idílico ambiente urbano. Eso hasta que aparece en escena Combo (Stephen Graham), un amigo de Woody que recién salió de la cárcel. Combo llega desfigurado en la versión más violenta de los skinheads, alimentado por ideas racistas y xenofóbicas. Un mensaje que trata de inculcar en la pandilla de Woody, que en Shaun le llega muy hondo por su resentimiento social.
Es una película de contrastes. Así como puede retratar de manera entrañable la amistad y el compañerismo de los chicos en los barrios proletarios ingleses, no esconde la dureza y la furia de los más radicales en sus convicciones; que ondean orgullosos una bandera blanca con la cruz de San Jorge. Pero en general es una historia que llega a conmover por el trasfondo global que envuelve el conflicto en Las Malvinas, que se da a ambos lados del Atlántico. La Inglaterra multicultural como la capital del mundo que fue va mostrando síntomas de decadencia moral y social. Algo que hoy parece haber cobrado vigor.

14 de agosto de 2011

El discurso de Cantinflas en “Su Excelencia”



Aunque ya no suelo hilar tan fino en discursos políticos y demás fábricas de bostezos, aprovechando el calor del momento en el centenario de Cantinflas voy a referirme a una de sus memorables líneas hecha película. Quienes les aburren estos temas (no-temas) es mejor que no sigan leyendo, algo que comprenderé muy bien.
En las recientes películas a color del comediante Mario Moreno Cantinflas, hay una en particular que pone el dedo en la carne en cuanto a denuncia moral se refiere. Cuando se hizo Su Excelencia (1967) estaba en pleno apogeo la Guerra Fría. El mundo polarizado en dos irreconciliables tendencias, simbolizada en el muro berlinés que dividía al mismo tiempo país, continente y planeta. De la izquierda a la derecha y viceversa, pero a los del medio nada. El mundo vuelto loco en dogmas y enardecidos fanatismos, que silenciaron en su momento tanto al Mayo Francés como a la Primavera de Praga.
En Su Excelencia el mundo se encuentra dividido entre Verdes (capitalistas) y Colorados (socialistas). Entrará en asamblea general para definir el modelo político definitivo el cual rija en todos los países. Cada uno manda un embajador para que emita un voto y a la vez un discurso. Algo parecido como se hace una vez al año en la ONU, en el púlpito donde hoy media Ban Ki Moon vimos desfilar las palabras hipócritas de Bush jr y la prepotente chulería de Hugo Chávez. En la película el personaje de Cantinflas toma una envidiable actitud imparcial, recalcando en su discurso la crítica a los procedimientos y no a las ideas. Algo que suele tocar sensibilidades de quienes viven de los pregonar habladas, consignas y demás palabras gastadas.
Comparto una actitud progresista, pero no soy de rendir culto ciego y partidista a ningún lado político; llámese diestro o zurdo. Posiblemente sea gracias a esta película, a lo que me enorgullece personalmente. Ser dogmatico en lo que se piensa limita la visión de mundo, no permite ser prácticos en la vida y evita señalar la corrupción e hipocresía que se dan en quienes se hacen llamar “Padres de la Patria”. Por eso admiro al embajador que interpreta Cantinflas, quien es parejo en sus denuncias en criticar las irregularidades que se dan tanto en la izquierda como la derecha política.
Ignoro a qué lado le apuntaba Mario Moreno Cantinflas fuera de cámara. En su página Wikipédica se dice que era de una tendencia conservadora, aunque llegó a ser presidente de su sindicato de actores. Desde ahí fue activista asiduo en contra del llamado charrismo sindical, práctica en la que un gobierno pactaba con los líderes sindicales a base dádivas. Era el caso del otrora vitalicio partido gobernante mexicano del PRI, el cual buscaba infiltrarse en todos los aparatos estatales y sociales para afianzar su poder. En tal caso ese recordado discurso que dice en su película continúa vigente y para rato.